sábado, 25 de agosto de 2012

Invierno: Capítulo 1

Kyran


Iba a echar de menos ese calor cuando volviese el invierno. Kyran, a lomos de su caballo, un
macho gris castrado, disfrutaba de los rayos del sol bañándole el rostro. Llevaba los cabellos,
de un rubio rojizo, no demasiado largos, peinados hacia atrás, y una cuidada barba del mismo
color. Su cuerpo había conocido la batalla más de una vez, pues Kyran Hill se ganaba la vida
como mercenario. Era un hombre musculoso pero delgado, de espaldas no muy anchas. A sus
veinticinco años, su espada estaba a la altura de la de cualquier caballero, tal vez incluso por
encima de la de alguno, y desde muy pequeño se había visto obligado a pelear para sobrevivir
en las calles de Lannisport, ya que su apellido de bastardo no estaba demasiado bien visto en
la ciudad.

Kyran viajaba hacia el norte por el Camino Real en busca de algún trabajo con el que ganarse
algo de comida y, tal vez, un techo bajo el que dormir por una noche. Hacía un día que había
partido desde Desembarco del Rey, donde había realizado un par de trabajos para algunos
anónimos señores, por lo que su viaje apenas había comenzado. Llevaba en el cinto su espada,
de empuñadura de cuero, sin adornos lujosos. Escondido en su bota derecha, llevaba su
estilete. No necesitaba más armas.

Le sorprendió encontrar problemas tan pronto en el Camino. Llegó hasta él el ruido del
acero, y apenas un minuto después, el de las risas. Espoleó a su caballo mientras se llevaba la
mano a la empuñadura de la espada. Tras una curva del Camino se encontró con un grupo de
bandidos, de cinco en total, con las caras cubiertas y ocultos bajo sombreros de ala, saqueando
el carro y los cadáveres de dos mercaderes que yacían muertos en el suelo.

No les dio tiempo a advertir su presencia. Cargó contra el más cercano de ellos con su caballo y
desenfundó su espada para arremeter contra otro. Un tercero tiró de su capa, desmontándolo
del caballo y tirándolo al suelo, pero antes de que el bandido pudiese hundirle la espada lo
golpeó en el pecho con ambos pies, provocando también su caída.

Kyran se movía rápido, tenía el cuerpo delgado, aunque musculoso, bien adaptado a ese tipo
de peleas. Todos sus movimientos eran veloces, al tiempo que letales. Mató a uno, y luego a
otro, uno intentó atacarle por la espalda pero se topó con la espada del mercenario. Cuando
el movimiento cesó y Kyran pudo recuperar el aliento, se dio cuenta de que contaba cuatro
muertos, no cinco. Faltaba uno.

De nuevo en guardia, espada en alto y controlando su respiración, Kyran miró a su alrededor.
Sus botas de piel hacían el menor ruido posible sobre las piedras del Camino al caminar por él.
Sigiloso, se acercó al carro de los mercaderes. Una vasta tela de esparto cubría las cajas que
transportaban, pero Kyran se fijó en que había espacio de sobra para una persona ahí dentro.
Contuvo la respiración y apartó la tela de golpe, preparado para hundir su espada en las tripas
del bastardo que le faltaba.

Nada.

Kyran maldijo por lo bajo al encontrar únicamente la mercancía. El asno que tiraba del
carro movía la cabeza, inquieto, y cerca del Camino las hojas de los árboles susurraban
amigablemente. Kyran no oía más que su propia respiración.

Examinó los cadáveres de los otros cuatro, dio un puntapié a uno de ellos y se agachó para
recoger las bolsas de monedas que acababan de robar a los mercaderes. Se las colgó del
cinto, ya que ellos ya no las iban a necesitar, pero a él bien podían proporcionarle una comida
caliente y un lecho en el que dormir.

Volvió hacia su caballo, que prudentemente se había alejado de la pelea, pero mientras se
preparaba para volver a montar, puso los ojos en blanco y se maldijo a sí mismo por haber sido
tan estúpido. Volvió al carro, por la parte trasera, se agachó y tiró de dos pies que asomaban
por debajo.

El bandido se revolvió y resistió, pero Kyran era más fuerte y logró sacarlo de debajo de la
carreta. Lo reconoció como el que le había tirado antes del caballo, el joven al que había
propinado tal patada en el pecho que lo había dejado tirado en el suelo durante unos minutos
y que, al parecer, después se había apresurado a esconderse.

-Has sido listo, chico –gruñó Kyran mientras luchaba por darle la vuelta-. Pero no lo suficiente.

Cuando finalmente el bandido quedó bocarriba Kyran se quedó quieto por la sorpresa que le
supuso ver unos largos cabellos negros y el rostro adulzado de una mujer, que había quedado
al descubierto con el forcejeo. Se quedó mirando los ojos azules de la muchacha durante unos
segundos en los que el tiempo pareció dejar de existir. Después, ella aprovechó su ventaja, le
propinó un puntapié y se arrastró lo más lejos que pudo de él mientras trataba de levantarse.

Kyran, a quien el repentino cambio de sexo del bandido lo había pillado por sorpresa,
reaccionó deprisa y se lanzó encima de la mujer, que quedó atrapada bajo su peso. Aunque
Kyran fuera un hombre delgado, seguía pesando más que ella. Nuevamente, la puso bocarriba
y esta vez se aseguró de tenerla bien inmovilizada, tanto de manos como de piernas. La
muchacha pronto se dio cuenta de lo inútil que resultaba su forcejeo, así que cesó en su
empeño.

-¿No sabéis que no se pega a una mujer? –escupió con rabia la muchacha.

-He de reconocer que estoy impresionado –admitió el mercenario con el rostro apenas a un
palmo del de la chica, ignorando su comentario-. No todos los días se ve a una mujer bandido.

-¡No iba con ellos! –protestó la mujer-. ¡Me raptaron de mi hogar hace tres días!

-¿Pretendéis que me crea eso? ¡Me habéis tirado del caballo!

-¡No fui yo!

-Creo que puedo reconocer al más pequeño de los cinco en cuanto lo veo, mujer –replicó
Kyran-. ¿No os enseñaron en vuestra casa a no decir mentiras?

-Me enseñaron que un hombre jamás alza la mano contra una mujer.

-Y yo no lo hice, lo que se alzaron fueron mis pies.

-Pues vuestros pies harían bien en alzarse de nuevo, me estáis aplastando.

Kyran se levantó, tirando de las manos de la mujer para incorporarla también. Antes de que
pudiese volver a intentar escapar, el mercenario desenrolló hábilmente la cuerda que llevaba y
le ató las manos a la espalda.

-Os equivocáis conmigo, Ser –la chica se removió, indignada.

-Y vos conmigo, no soy Ser.

-Y no me extraña, no jugáis nada limpio.

-Vos tampoco.

Levantó a la fuerza a la chica. A lo sumo debía tener unos dieciocho o diecinueve años, calculó.
Su cuerpo era delgado, la ropa de hombre que llevaba le estaba grande, dando la sensación de
que ocultaban un cuerpo enclenque, pero su rostro era fiero y dulce a la vez, como una niña
obligada a crecer a la fuerza. Los cabellos negros y rizados le caían hasta la cintura, su piel era
más blanca que la suya, y sus labios carnosos dibujaban una sonrisa burlona cuando Kyran la
hizo avanzar hacia el caballo y la ayudó a montar.

-Vaya, paseo en poni, ¿a dónde vamos? –preguntó.

Kyran tomó las riendas y caminó al lado del caballo.

-Os llevaré a Harrenhal, a ver qué destino dispone lord Lothston para vos. Estamos cerca de
sus tierras.

-¿Y qué sacáis vos de llevarme allí? No se ofrece nada por mi cabeza.

-Algo sacaré. ¿Cuál es vuestro nombre? –preguntó Kyran-. Tal vez sí que ofrezcan algo y no lo
sepáis todavía.

-Lo dudo, siempre he sido muy buena –replicó la otra.

-Me tirasteis del caballo, ¿os parece eso bueno?

-¡No fui yo!

-¡No sabéis mentir! ¿Cuál es vuestro nombre? –Kyran estaba comenzando a perder la
paciencia.

-Brenda Valhorn.

-Mentís. Vuestro nombre.

-¡No miento!

-¿Pretendéis que os crea? ¡Pero si negáis que me tirasteis cuando os vi hacerlo claramente!

-¡Os golpeasteis la cabeza! ¡No fui yo!

Kyran puso los ojos en blanco. Resultaba agotador discutir con ella. El mercenario estaba
seguro de que mentía, tanto en lo del caballo, que era evidente, como en su nombre. Decidió
desistir por el momento y seguir el Camino hasta que la noche llegase a ellos.

No tardó en anochecer, pero Kyran y la bandida no se detuvieron. Era fácil caer en una
emboscada si acampaban junto al Camino, así que siguieron durante un trecho más, hasta
que vieron emerger ante ellos un nuevo bosque y se adentraron un poco en la espesura.
Encontraron un pequeño claro que les serviría para pasar la noche. Kyran ató a la chica a uno
de los árboles y fue en busca de leña para hacer un fuego.

Procuraba no alejarse demasiado, ya que no se fiaba mucho de su nueva compañera de viaje.
La sabía capaz de cortarse las cuerdas y salir corriendo, llevándose a su caballo con ella, por
eso estaba pendiente de cualquier ruido que le alertase de la huída de su prisionera. Sin
embargo, cuando regresó con leña suficiente y un conejo para la cena, ella seguía allí, con el
semblante aburrido.

-¿No os habéis divertido ya bastante? Creo que ahora me toca a mí ataros a vos.

-Más quisierais –replicó Kyran mientras encendía el fuego lo más cerca posible del árbol de la
chica. Sería un mercenario, pero sabía bien lo que era una noche a la intemperie.

-¿Vais a decirme como os llamáis?

-Vos todavía no me lo habéis dicho –respondió él.

-Me llamo Brenda Valhorn.

-El nombre de verdad.

-¡Es el de verdad! –protestó la chica nuevamente.

-En ese caso, ¿cómo se llamaban vuestros padres?

Kyran alzó la vista justo a tiempo para ver a la chica apretar los labios con fuerza y sonrió.
Despellejó al conejo con destreza y lo puso al fuego para que se cocinase mientras le daba
tiempo a la chica para que le dijese su verdadero nombre. Cuando volvió a mirarla, se
sorprendió al ver que miraba sin ver hacia el lado opuesto a donde estaba él, sumida en sus
pensamientos, con un rastro de tristeza en su expresión. Kyran suspiró. Se sentó al lado de la
chica y soltó sus ataduras. Ella lo miró con asombro mientras se frotaba las doloridas muñecas.

-A ver, empecemos de nuevo –dijo Kyran, esta vez de forma más suave-. ¿Cuál es vuestro
nombre?

-Vais a entregarme a lord Lothston –respondió ella mirando al fuego-, ¿qué os importa cómo
me llame?

-Tengo que ganarme la vida –el mercenario se encogió de hombros.

-Vi como cogíais el oro de los cuerpos, con eso tendréis para comer y dormir durante un mes,
¿me tomáis por tonta?

-Ese mes puede convertirse en dos meses –respondió él con indiferencia.

-Entonces, ¿qué es lo que os diferencia eso de los bandidos a los que habéis matado? –
preguntó-. Ellos también querían comer.

-A costa de la vida de otras personas.

-Y vos también, a costa de la de ellos.

Por primera vez, Kyran no supo qué contestar. Vendía su acero al que mejor le pagara, muchas
veces sin hacer preguntas y sin pensarse dos veces cambiar de bando si le ofrecían más dinero
todavía. No supo ver lo honorable de todo aquello, la diferencia entre lo que él hacía y lo que
los bandidos hacían. Durante todos aquellos años había acallado aquella pregunta repitiéndose
a sí mismo que era un bastardo, no había honor ni tan siquiera en su concepción, pero allí
mismo supo que ella lo había pillado, y también supo que ella lo sabía. Suspiró.

-Mi nombre es Kyran Hill –comenzó, mirando al fuego como hacía su compañera-. Mi madre
era Marianne Darren, mi padre, no lo sé. Crecí siendo un bastardo en las calles de Lannisport.
No toleran demasiado a los bastardos en esa ciudad, así que no lo tuve muy fácil, y mucho
menos cuando mi madre murió, dejándome solo.

-Tuvisteis que aprender a defenderos –continuó ella-. A ganaros la vida de alguna forma.

-Así es.

Se miraron durante unos instantes. Sus ojos recorrieron el rostro de la mujer, aquel rostro
que se había vuelto más adulto a la luz del fuego. Una maraña de rizos negros lo enmarcaba
de forma tan natural que parecía sacada de un sueño, pues tal era su belleza. Adivinó lo que
sus ojos azules verían en él. Su cabello rubio, la delgadez de su rostro, aquella vieja cicatriz
que comenzaba en su mejilla derecha y terminaba en la mandíbula, en el trozo donde se solía
recortar la barba. Y sus ojos, claro. Esos ojos verdes con destellos de hilo dorado que rebelaban
el guardado secreto de su origen. Todos decían que eran ojos de Lannister.

-Mi nombre… -comenzó la chica mirando al fuego nuevamente-. Mi nombre es Willemina
Glover. Mi padre era lord Rodrin Glover, antiguo señor de Bosquespeso. Mi madre Derial
Glover, murió dando a luz a mi hermano Luke…

-Estáis muy lejos de casa –fue lo único que el mercenario fue capaz de decir, asombrado por
el origen noble de su prisionera. La tristeza surcó el rostro de Mina y enseguida Kyran se
arrepintió de haber dicho nada-. Oh, lo siento, no pretendía…

-Mi hermano Luke murió hace cinco años, al final del último invierno –prosiguió-. Se adentró
en el bosque y nunca más volvió a salir. Después de aquello, mi padre cayó en desgracia. Yo
me veía obligada a atender sus asuntos mientras él lloraba a mi hermano. Yo también quería
llorarle, le quería mucho –la voz de Mina se quebró-. Pero no podía, no podía porque mi padre
necesitaba que yo me encargase de Bosquespeso por él. Nunca había vuelto a ser el mismo
desde que murió mi madre. La muerte de Luke fue…

Hizo una pausa. Kyran se dio cuenta de que la chica luchaba con todas sus fuerzas para retener
las lágrimas que amenazaban con salir. Se estaba arrepintiendo de haberla forzado a sacar el
tema, pero ahora Mina parecía incapaz de parar.

-Mi padre murió medio año después –continuó finalmente-. La tristeza acabó con él. Y yo me
encontré con que de repente tenía que enfrentarme a Alfred Glover, el hermano menor de mi
padre, su legítimo sucesor en vista de que Luke no estaba para sustituirle. Yo no quería dejar
Bosquespeso en manos de mi tío. Nunca se llevó bien con mi padre. En cuanto me opuse a
dejarle entrar, mis propios hombres me traicionaron. Abrieron las puertas al hermano de mi
padre y en un abrir y cerrar de ojos lo tuve delante de mí, en mi habitación, acusándome de
traición a la sangre de mi padre y condenándome a morir al día siguiente en la horca.

Los ojos de Mina brillaron con la luz del fuego. Kyran no se atrevía a volver a interrumpirla.

-Protesté, claro. Me mantuve firme. Dije que yo era tan sangre de mi padre como mi hermano
Luke o, por los dioses, incluso como mi tío. Tenía tanto derecho a gobernar Bosquespeso como
él. Por supuesto, ninguno de los hombres estaba dispuesto a contradecirle. Alfred Glover
ordenó que se me encerrara en mi propia habitación hasta la hora de mi ejecución. Creo que
no hace falta decir que logré escapar.

Kyran asintió en silencio mientras se rascaba la barba distraído. Bosquespeso estaba muy al
norte, una fortaleza rodeada de árboles y mar. Sin duda, el hermano de Mina tenía mucho
bosque donde perderse. Sintió lástima por ella, pero no demasiada. Mientras ella había
crecido sin que le faltara nada, él había luchado por su propia vida en las calles. No estaba
seguro de hasta qué punto llegaba su compasión, pero estaba convencido de que no podía
entregarla a lord Lothston.

-¿Por qué estabais con los bandidos? –preguntó.

-Las chicas también comemos, ¿sabéis?

-Me extraña que os dejaran uniros así porque sí.

-Digamos que poseo ciertas habilidades -Kyran la miró y enarcó una ceja-. ¡No ese tipo de
habilidades!

Ambos rieron y la tensión que había en el ambiente se esfumó. Al poco rato, mientras comían
el conejo, bromeaban y se lanzaban pullas como si fuesen conocidos de toda la vida. Kyran se
arrepentía de haberla juzgado mal. Como él, Mina también buscaba una forma de sobrevivir.

-He de deciros que viajo al norte –Kyran la miró a los ojos-. En el sur se ha vuelto muy difícil
encontrar un buen encargo bien pagado, así que me dirijo hacia allí. Si queréis, podéis
acompañarme hasta que encontréis un trabajo con el que podáis pagaros algo de comer. Será
mejor que si viajáis sola o en compañías menos adecuadas.

Esta vez fue ella quien enarcó una ceja.

-¿Quién dice que vuestra compañía es adecuada?

-Yo lo digo.

-¿Y cómo puedo saberlo?

-Deberéis confiar en mí –Kyran se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.

-Hace apenas unas horas pretendíais llevarme a Harrenhal –contestó Mina-. ¿Cómo puedo
confiar en vos?

-Yo soy un bastardo sin hogar y vos habéis sido arrancada del vuestro –respondió el
mercenario-. ¿No nos hace eso algo más iguales?

Por primera vez en todo el día y toda la noche, Mina sonrió de forma sincera y relajada.

-Antes de aceptar vuestra oferta he de confesaros una cosa.

-¿El qué?

-Fui yo quien os tiró del caballo.

Las risas inundaron el claro. Kyran se sintió vivo por primera vez en mucho tiempo. Se reía,
se reía con ganas. La risa era algo que le había sonado siempre hueco, como impuesto por un
protocolo para quedar bien ante sus jefes. Había recorrido el sur de palmo a palmo y había
conocido a mucha gente, pero nunca, se dijo, nunca había conocido a alguien con la frescura
que emanaba aquella chica.

Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 2 de Invierno

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