martes, 28 de agosto de 2012

Invierno: Capítulo 2

Brinna


Las gentes de Qarth iban y venían por la abarrotada calle sin reparar en la muchacha que se
hallaba asomada a una ventana de los muchos edificios de la vía. Sus largos cabellos rojos
caían despreocupados cuan largos eran. Brinna no los había cortado nunca, por lo que su
longitud era considerable. Recorrió una última vez todo lo que rodeaba su ventana con sus
ojos de color esmeralda hasta que por fin se saciaron y volvió a dentro.

La que hasta entonces había sido su compañera fiel y mejor amiga, Enza, acababa de entrar
en la habitación pobremente amueblada al estilo de Oriente. Recogió como pudo sus cabellos
para que sus pies no se enredasen con ellos y fue a sentarse al destartalado diván. Enza
se sentó a su lado. Ambas vestían de forma tan pobre como amueblada estaba la casa.
Habían llegado a Qarth hacía unos años, y aunque su fortuna había mejorado un tanto desde
entonces, no podía decirse que nadaran en la abundancia. Sin necesidad de una petición no
formulada por parte de Brinna, Enza comenzó a trenzar sus rojizos cabellos.

-¿Trajiste la ropa? –preguntó Brinna con una voz suave y dulce, parecida a la de una niña. La
muchacha apenas tendría dieciséis años.

-Tuve que robarla, pero sí, la conseguí –respondió Enza, unos años mayor que ella. Llevaba su
pelo castaño recogido en una sencilla coleta, pero aun así gotas de sudor perlaban su frente-.
No tienes por qué irte.

-Sí tengo por qué –replicó la pelirroja-. Te he explicado por qué muchas veces.

-Porque se acerca el invierno, sí –Enza terminó con la primera trenza y comenzó con la
segunda-. No sé qué se te ha perdido a ti en el dichoso invierno.

-El fuego debe ir –respondió la otra con sencillez.

Enza puso los ojos en blanco y continuó trenzándole el cabello. Recogió las cuatro trenzas en
un apretado moño, reduciendo así los largos cabellos de la muchacha a un sencillo peinado
fácil de ocultar.

-Podrías llevarme contigo –dijo finalmente.

-Un invierno como este acabaría contigo, Enza –respondió Brinna-. Y los dioses bien saben que
no quiero que te pase nada.

Habían tenido aquella conversación muchas veces, todas ellas con la misma respuesta por
parte de Brinna. Aquello no hacía sino acentuar el dolor de la inminente despedida. Enza
la contempló mientras se desnudaba y dejaba toda su pálida piel al descubierto, tan fuera
de lugar en aquel caluroso clima que chocaba, y mientras Brinna se vestía con las ropas de
hombre que ella misma le había traído, supo que había llegado el momento en que perdería a
su amiga para siempre.

La pelirroja cubrió sus cabellos con un sombrero de ala que habían encontrado unos días
antes. Enza contempló el efecto que creaba su conjunto. Cualquiera que la viera pensaría que
era un joven mozo imberbe.

-Eres muy guapo, marinero –bromeó Enza.

Ambas compartieron una alegre risa que ocultaba la amargura de la despedida. Se abrazaron y
salieron a la calle. Disfrutaron de la última vez que recorrerían las callejuelas de Qarth juntas.
La gente que las miraba pensaría que eran un mozo y su amante, bastante más mayor que él,
pero aquello no las importaba. Cuando llegaron al puerto, sintieron que todos los años que
habían pasado juntas no eran suficientes.

-¿Tienes miedo? –le preguntó Enza.

Brinna negó con la cabeza.

-El fuego no tiene miedo –respondió.

Enza la miró con ternura. Había cuidado de ella desde que era apenas una niña. A la antigua
Brinna le resultaría aterradora una vida sin ella, pero la nueva Brinna sabía que era lo que tenía
que hacer, que su destino estaba escrito desde el día en que nació, y gracias al calor que le
proporcionaba su fuego, no sentía miedo.

-No será lo mismo sin ti –le susurró Enza.

Ambas se sonrieron tristemente. Enza la abrazó y depositó un beso en los labios de su
compañera, de su mejor amiga. Brinna comprendió que no podía esperar más. Dándole la
espalda, se acercó al muelle. Cuando estuvo segura de que nadie más que Enza la observaba,
se encaramó con la agilidad de un gato callejero a uno de los barcos y corrió a ocultarse bajo
la cubierta. Viajar de polizón era peligroso, pero Enza estaba segura de que a ella no le pasaría
nada. Era Brinna, sabía cómo sobrevivir.

Horas más tarde, escondida entre diversos barriles en lo más hondo de la bodega del barco,
Brinna sintió cómo este se ponía en marcha y se alejaba del puerto, de su vida, de su amiga,
rumbo a un lugar totalmente desconocido para ella, la tierra de los Siete Reinos.

Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 3 de Invierno

1 comentario :

  1. Me gusta cómo escribes y esto va tomando forma. Muy interesante. ¡No lo dejes! :)

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