jueves, 30 de agosto de 2012

Invierno: Capítulo 3

Hugo


El frío y suave viento alborotó sus rizos castaños mientras esperaba al resto de sus hombres
en medio del sendero. Algunos árboles ya habían comenzado a cambiar el color de sus hojas
y Hugo no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la espalda pensando en el invierno que
estaba por llegar. Los otoños nunca habían sido demasiado largos. El joven escudriñó con
sus ojos ambarinos la espesura que lo rodeaba. Galen apareció poco después a lomos de
su caballo gris y poco más tarde lo hizo también Trino con el suyo. Ambos traían la negativa
escrita en sus rostros, pero era algo que ya esperaba.
Hugo y sus hombres dedicaban al menos un día al mes para adentrarse en el bosque que
rodeaba Bosquespeso en busca de la antigua señora del castillo, Mina Glover. Lord Alfred se
resistía a creer que había muerto intentando atravesarlo, pero tampoco pensaba que la chica
hubiese llegado lejos. Hugo sabía muy bien lo equivocado que estaba, lord Alfred no conocía a
su sobrina lo más mínimo. Al menos no como él.

-Ese viejo chalado… -musitó Trino, un hombre cerca de la treintena, de cabello cobrizo y barba
de pocos días-. Cada día está más paranoico, os lo digo yo.

-No sé qué miedo debe tenerle a una chiquilla –dijo el otro, rubio y algo mayor que Trino.

Hugo, el más joven de los tres, rondando los veinte años, no dijo nada. No le desagradaba
la compañía de Trino y Galen, al fin y al cabo eran sus hombres, pero ellos tampoco habían
conocido bien a Mina. Hugo sabía que la muchacha seguiría viva. Ese pensamiento estaba
alimentado mayormente por el hecho de que él la había llevado a caballo hasta el final del
bosque para que pudiese escapar, cuando todavía era un chiquillo sin rango en la ausencia del
cual repararía nadie durante un par de días. Pero claro, aquello no lo sabía nadie.

Se había ganado un puesto entre los mejores hombres de Alfred Glover demostrando su valía
con la espada. Cada vez que la empuñaba recordaba las tardes que había pasado con Mina
cuando eran niños entrenando en el patio de armas cuando pensaban que nadie los veía.
Había querido acompañarla en su viaje hacia el sur, pero Mina insistió en que se quedara allí.
Necesitaría a alguien que la ayudara a tomar Bosquespeso cuando llegara el momento, le dijo,
alguien que lo hiciera desde dentro. Así que Hugo, fiel a ella como lo había sido siempre, se
había quedado.

Sin embargo el tiempo pasaba, tras una fresca primavera de casi un año de duración, había
transcurrido un verano de cuatro cálidos años que ahora estaba llegando a su fin. Hugo lo
sentía en los huesos, en sus entrañas. Las noches se hacían más largas, sus sueños se volvían
más intranquilos. El norte era el peor lugar para pasar el invierno, pero no conocía otra cosa
que no fuese aquel lugar.

Los tres jinetes llegaron a la muralla que rodeaba el castillo de Bosquespeso y esperaron a que
les abriesen las pesadas puertas de metal. Bosquespeso no se caracterizaba por ser una amplia
fortaleza, pero bastaba para los que vivían en el castillo y la pequeña aldea de pescadores
situada más al norte. Sobre las grises y frías piedras patrullaban hombres de lord Alfred,
siempre en guardia, igual que en las puertas de la muralla y del castillo, y también por las calles
del pequeño poblado.

Dejaron los caballos en los establos. Cuando Hugo ya se disponía a informar a lord Alfred, llegó
otro grupo de hombres que también regresaban de una incursión al bosque. Ellos tampoco
traían noticias. Suspiró. Aunque aquello aliviaría a lord Alfred una vez más, no bastaría para
que creyera que Mina había muerto igual que su hermano.

Subió las escaleras de piedra de la entrada del castillo y se encaminó hacia los aposentos
de lord Alfred, donde estaba su señor la mayor parte del tiempo. Como suponía, estaba
levantado, vestido y afeitado, en el balcón de la estancia observando el bosque que se
extendía ante él con una mirada sombría. No necesitó anunciarse, lord Alfred sabía que él
estaba allí, así que simplemente lo dijo.

-No hemos encontrado nada, mi señor.

Lord Alfred se dio la vuelta y se lo quedó mirando.

-El bosque es grande –dijo con un toque de ancianidad en la voz.

-Las otras patrullas os informarán enseguida –Hugo observó al hombre que tenía ante él, cuyo
cabello antaño castaño empezaba a encanecerse, las arrugas comenzaban a surcar su rostro y
sus ojos grises perdían cada vez más brillo, pero tenía grandeza, siempre la había tenido-. Mi
señor, no creo que encontremos nada a estas alturas.

-Puede, pero también puede que sí –lord Alfred entró de nuevo en la habitación y se dirigió
hacia la mesa donde descansaba su desayuno-. En la vida, basta con que uno deje de buscar
algo con ahínco para que aparezca, y en el caso de esa chiquilla es mejor que no lo haga.

Hugo calló. Desde que Mina se fue era hombre de pocas palabras. Lord Alfred apreciaba su
silencio casi tanto como sus palabras. El señor de Bosquespeso dio un buen bocado al pan
tostado que le habían llevado y bebió un trago de vino. Miró al muchacho con sus viejos ojos y
Hugo sintió de golpe el peso de todos sus años.

-Puede que no sobreviva a este invierno –le dijo-. Estos pobres huesos… Es como si este lugar
te hiciese envejecer de golpe.

Cuando llegó a Bosquespeso cinco años atrás, Alfred Glover todavía conservaba alguna virtud
propia de la juventud pese a ser ya un hombre de edad. Parecía que aquellas frías paredes
de piedra lo habían consumido poco a poco, pero Hugo sabía que aquello que realmente lo
consumía era esa obsesión por acabar con su antigua señora.

-Mi hijo, Walden –prosiguió su señor dejando a un lado la comida y acercándose al joven-.
Todavía es pequeño, se aproxima su octavo día del nombre. Deberás aconsejarlo cuando pase
a ser señor de Bosquespeso.

Hugo se sorprendió ligeramente.

-Mi señor, sería más indicado que el maestre Grandall…

-Ese viejo pellejo no sabe de gobernar más de lo que sabes tú –lo interrumpió lord Alfred-. Tú
has visto cosas, has estado en mi presencia mucho más tiempo que él, sabes en esencia lo que
es llevar un señorío. El maestre solo entiende de hierbas, acero viejo e historias.

Su señor se volvió y se acercó a uno de los sillones de madera cerca de la mesa. Hugo no se
movió, tampoco habló. Esperó a que lord Alfred prosiguiera.

-Mi hijo necesita a alguien como tú, muchacho –ya sentado en el sillón, el anciano
contemplaba ahora casi con nostalgia el fuego de la chimenea-. Alguien que le aconseje sobre
asedios, sitios, batallas, pero también sobre gobernar y ser gobernado –las últimas palabras
las dijo casi en un susurro-. No debe olvidar quiénes somos y dónde estamos. No me gusta el
rey, nunca me gustó, pero prefiero conservar mi cabeza y que mi hijo conserve la suya. Tal y
como están las cosas ahora, el rey nos deja en paz y así lo prefiero. Quiero que le enseñes a
ser prudente –hizo una pausa; lord Alfred casi parecía estar hablándole al fuego más que a él-.
Eres en quien más confío para esta tarea, sé que no me fallarás.

-Sí, mi señor.

Hugo salió de la habitación con la misma expresión con la que había entrado. Había aprendido
a que sus pensamientos y sentimientos no se reflejasen en su rostro, lo cual le había servido
de gran ayuda en muchas ocasiones y le había ganado la confianza de lord Alfred cuando
obedecía algunas de las órdenes más grotescas a las que otros habrían dedicado más de una
mirada de disgusto.

Salió al patio de armas donde el pequeño Walden Glover estaba practicando con su espada
de madera y uno de los niños de la aldea que solía jugar con él. Era un chiquillo delgado y
raquítico, de cabellos castaño rojizos como su difunta madre, no muy alto. El rostro de Hugo
no delató nada, pero en su interior estaba sonriendo, sonriendo porque el invierno les daría
una oportunidad a su verdadera señora y a él. Cuando lord Alfred muriese, el pequeño Walden
gobernaría Bosquespeso durante muy poco tiempo. El tiempo que él tardase en encontrar a
Willemina Glover.


Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 4 de Invierno

2 comentarios :

  1. Por fin te he podido leer, y me declaro fan de tu prosa. Sigue, por favor

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