miércoles, 22 de agosto de 2012

Invierno: Prólogo


El final del invierno estaba cerca, Luke lo presentía. Los días, poco a poco, iban prolongándose, cada vez había menos noche. A sus ocho años de edad, sólo recordaba invierno a pesar de haber nacido en verano. Apoyado en el alféizar de la ventana de su habitación contemplaba cómo las nubes avanzaban hacia el norte bajo el cielo azul de la mañana. Desplazó su mirada hacia el bosque que rodeaba todo Bosquespeso, donde pinos, robles, olmos y tantos otros árboles dominaban el terreno. Era fácil perderse por allí, incluso para aventureros experimentados y algunos de los habitantes. Luke siempre había querido entrar y probar que podía orientarse en cualquier parte, pero su padre nunca le había dejado.
Alguien abrió la puerta de la habitación. Se volvió y vio a su padre, Rodrin Glover, señor de Bosquespeso, un hombre de mediana edad, robusto, cabellos oscuros, largos hasta los codos, ya que había jurado no volver a cortárselos jamás tras la muerte de su esposa y madre de Luke, Derial, que murió dándole a luz. Luke se apartó de la ventana, se irguió como le habían enseñado desde pequeño, con las manos a la espalda, y miró a su padre con sus grandes ojos azules mientras esperaba a que éste hablase, lo cual sabía que podía tardar un poco.

Rodrin lo examinó de arriba abajo con un brillo de orgullo y amor paternal en sus ojos marrones. Muchas veces, el señor de Bosquespeso se quedaba sumido en sus pensamientos mientras observaba a Luke, reconociendo lo mucho que se parecía a su difunta madre y lo mucho que la echaba de menos. Siempre había querido a sus hijos, pero cuando Derial murió, los amaba con más locura todavía, a Luke y a su hermana mayor, Mina. No había tenido valor para volverse a casar.

-Deberías estar en el patio, practicando con la espada –dijo finalmente transcurridos unos minutos; su voz todavía conservaba un tono juvenil, ya que lord Glover todavía no había cumplido los treinta y cinco.

-Pesa mucho, cada día el maestro de armas me hace practicar hasta que me duelen los brazos, y cada día me despierto y me duelen más –protestó Luke.

-Tan sólo es una espada de madera, no sé qué dirás cuando empuñes una de verdad –respondió su padre con una media sonrisa-. Vamos, ¿acaso quieres que los hombres se rían de ti porque tu hermana es mejor empuñando un arma? Te aseguro que, cuando crezcas, eso será más humillante todavía.

Rodrin había dado en el clavo. Su hermana Mina, por mucho que su septa se empeñase en hacerla toda una dama, cuando lograba escaparse de su constante vigilancia, cogía una espada de madera y se ponía a practicar. A sus trece años era bastante buena. Muchos niños ya se reían de Luke porque su hermana era mejor que él, pero muchas veces era él quien también se reía de ellos, porque cuando su hermana retaba a alguno de ellos a un duelo, nunca había ningún niño capaz de derribarla. Luke se esforzaba porque quería ser el primero en hacerlo.

-Si practico mucho –murmuró finalmente-, ¿me dejarás explorar el bosque?

La expresión de su padre se tornó seria. Luke sabía la respuesta antes de que la pronunciara, pero debía intentarlo de todos modos.

-¡Por favor! –suplicó-. Me aprenderé cada centímetro del bosque, nunca me perderé, sabré llegar siempre a casa, ¡lo prometo!

Su padre, con gran afecto y ternura, puso su cálida mano sobre la cabeza de Luke y revolvió sus oscuros cabellos. Le sonrió con pesar.

-No es solo cuestión de orientación, Luke –le dijo-. Acechan muchos peligros en el bosque.

-¿Como las brujas de las que me hablaba la abuela?

Su padre sonrió. Su madre, la abuela paterna de Luke, lo había cuidado durante los primeros años de su infancia hasta que los años terminaron llevándosela. Siempre contaba historias a su hijo antes de irse a dormir, y siempre las escuchaba con pasmosa atención. Rodrin tenía que repetirle varias veces que algunas de aquellas historias no eran reales.

-Las brujas no existen, Luke –le dio un par de palmaditas en el hombro-. Prepárate y ve al patio. Ser Marcen está esperándote.

Luke asintió, pero cuando salió su padre volvió a encaramarse a la ventana para observar por última vez el bosque. Su abuela siempre le había dicho que era hogar de brujas viejas y feas, de cabellos grises y negros, enmarañados y sucios, con verrugas en las manos, y en la cara, que tenían muy mal carácter y que devoraban niños. Cuando Luke hablaba con Mina sobre las brujas, su hermana siempre decía que, si existían, su septa debía de ser una de ellas. Ninguno de los dos niños la soportaba y muchas veces compartían burlas en secreto. Suspirando, finalmente se preparó y bajó al patio donde, como había dicho su padre, el maestro de armas estaba esperándole.

No era que odiase a Ser Marcen, el hombre siempre lo había tratado bien, pero sus prácticas eran muy duras y siempre acababa dolorido y magullado, pero sobretodo muy cansado. Estaba recuperando fuerzas sentado en las escaleras del patio, disfrutado de la ligera brisa que soplaba y le aliviaba los calores del ejercicio, cuando un grupo de niños se le acercó. Eran tres. Orren, el mayor, de diez años, pelirrojo, flacucho y pecoso, siempre se burlaba de él cuando tenía ocasión. Zac y Brandon, gemelos, morenos y un año mayores que Luke, eran sus compinches. Los tres siempre iban haciendo trastadas allá donde iban. Luke no los soportaba.

-Vaya, pero si es Lady Lucy tomando el fresco –se burló Orren-. Seguro que tanto bordar la ha dejado exhausta.

Los hermanos rieron la burla de Orren, mientras que Luke apretó los puños y calló. Eso pareció no sentarle bien al niño pelirrojo.

-¿Qué pasa, Lady Lucy? ¿Un cuervo te picó la lengua?

-Cierra el pico, Orren –replicó finalmente Luke, cayendo en su trampa.

-Oh, fijaos, la niñita sabe hablar –volvió a burlarse.

Los tres niños se reían, y Luke apretaba los dientes y lamentaba no tener su espada de madera a mano. Aun dolorido, seguro que podría darles unos cuantos palos, pero estaba seguro de que no le dejarían llegar a la sala de armas. De repente, se le ocurrió una forma de devolverle la burla a Orren. Aunque no pudiese llegar a la sala de armas sin que los tres niños lo interceptasen, Luke seguía siendo muy rápido, y el bosque no estaba lejos.

-Dime, Orren –comenzó, mientras se levantaba y se ponía al pie de los escalones-, ¿cómo es que nunca vienes a burlarte cuando estoy empuñando mi espada? ¿Es que tienes miedo de que te atice como tu padre?
Vio el odio y la ira en los ojos del niño y supo que había acertado. Tras dedicarle una sonrisa de lo más burlona, echó a correr hacia la puerta de la muralla, que estaba abierta. Los tres niños salieron a correr detrás de él. Luke oía a Orren gritarles a los otros dos que no lo dejasen escapar, pero él seguía siendo más rápido. En un abrir y cerrar de ojos, y antes de que nadie pudiese impedírselo, Luke ya había atravesado la primera línea de árboles y se había adentrado en el bosque.

No era la primera vez que lo hacía, a veces paseaba un poco por el borde del bosque, procurando no adentrarse demasiado y siempre sin perder de vista las murallas de Bosquespeso, pero aquella vez se olvidó de todo aquello, repitiéndose a sí mismo que sería capaz de encontrar el camino de vuelta.

Corrió hacia el interior del bosque hasta que dejó de oír las maldiciones de los tres niños. De hecho, cuando se detuvo y recuperó el aliento, se dio cuenta de que no escuchaba nada de nada, ni el trino de un pájaro, ni a una ardilla trepando por el árbol, nada. Miró a su alrededor, árboles y árboles, y entonces comprendió por qué era tan fácil perderse por aquel bosque. Los árboles se parecían mucho entre ellos, tanto que Luke dudaba de por dónde había venido. El suelo, cubierto de nieve, crujía bajo sus botas de piel mientras buscaba el camino de vuelta. No sabía si avanzaba por la dirección adecuada, pero siempre había tenido buen instinto, así que confió en sí mismo. Cuando volviese, le demostraría a todos, incluso a su padre, que era capaz de orientarse en el bosque.

Sin embargo, transcurrió un buen rato hasta que Luke se dio cuenta de que no estaba siguiendo el buen camino, así que trató de volver por donde había venido, pero también acabó en un lugar diferente. Negándose a admitir que se había perdido, Luke siguió caminando. Tarde o temprano, se dijo, encontraría la salida.

No supo decir cuánto tiempo había pasado, pero finalmente se dejó caer a los pies de un gran roble, agotado y muerto de hambre. No sabía cuánto se había aventurado en la arboleda, si estaba  en el mismo centro o al lado de la muralla y la espesura de los árboles no se la dejaba ver. Tal vez la hubiese tenido al lado en algún momento y, al no verla, haber marchado en dirección opuesta. La angustia lo invadió. Las hojas de los árboles se mecieron bajo el susurro del viento, la primera vez que Luke lo oía desde que se había adentrado en el bosque.

Y entonces la vio. Se encontraba de pie, junto a un olmo de corteza tan gris como sus ojos. Sus cabellos, completamente blancos a excepción de unos pocos mechones rojos, le caían en bucles sobre la espalda. Su piel blanca resplandecía con la luz, incrementada también por el fino vestido blanco que llevaba. A pesar de sólo llevar ese sencillo vestido, parecía no tener frío. Hasta Luke pensó que era una locura, ya que él, ahora que se había detenido, comenzaba a tiritar, pues no traía capa alguna consigo. Sin embargo, la dama estaba allí de pie, tan serena que parecía que la tranquilidad emanase de ella, tanto que Luke comenzó a calmarse. La sonrisa que lucía en su blanquecino y bello rostro podría calmar hasta a una yegua inquieta.

-¿Te has perdido, chico? –le preguntó con una voz tan dulce que Luke pensó que hasta la de su misma abuela parecía áspera en comparación.

-Sí…

La dama se acercó y se acuclilló frente a él. Parecía brillar con luz propia. “Seguro que es el espíritu del bosque” se dijo Luke. “Seguro que está aquí para llevarme a casa”.

-Te ayudaré a encontrar el camino –le dijo mientras le tendía una delicada mano-. Pero seguro que tienes hambre, así que, ¿qué te parece si primero comemos algo?

Luke no sabía cómo era la sonrisa de una madre, pero estaba seguro que debía de parecerse mucho a la suya. Tomó su mano sin pensar. Estaba fría, pero también caliente, era una sensación difícil de describir, pero le gustaba. La dama lo guió a través de árboles y árboles. El niño se dijo que debía de ser la personificación del bosque, porque parecía saber perfectamente a dónde iba, al contrario que él.

-¿Cómo te llamas, chico?

-Mi nombre es Luke Glover, hijo de Rodrin –respondió con orgullo pero con vergüenza a la vez, como si fuese la primera vez que se presentara ante alguien.

La dama le dedicó una cálida sonrisa mientras continuaba avanzando. Luke esperó unos minutos a que ella le dijese el suyo, pero no ocurrió.

-Te he dicho mi nombre –murmuró con timidez-, ¿podrías decirme el tuyo?

Se reprendió a sí mismo por su falta de modales. Tutear a una dama no era propio de un caballero, de un hombre que se preciase. Sin embargo, a la desconocida parecía no importarle en absoluto.

-¿Cómo crees que me llamo? –le preguntó ella siguiendo el camino invisible por el que caminaban.
Aquella pregunta desorientó a Luke.

-No lo sé –respondió, titubeando-. Por eso te lo pregunto.

La dama rió despreocupadamente. Aquel asunto parecía resultarle trivial, mientras que Luke notaba el rubor en sus mejillas y el calor de la vergüenza.

-Dime, así sólo con verme –dijo la chica mientras se giraba hacia él-, ¿cuál es el nombre que te viene a la cabeza?

Luke se detuvo para contemplarla. Sus ojos recorrieron toda su persona, desde sus largos y extraños cabellos, pasando por sus ojos, nariz respingona y labios carnosos y rojos, sus senos y su estilizada figura hasta el pie de su vestido, cuyo bajo estaba mojado por la nieve. El blanco era el color que predominaba, como en todo su entorno, todo nevado.

-Nívea –dijo finalmente, no muy convencido.

No obstante, la dama sonrió.

-Entonces Nívea es mi nombre –concluyó.

Siguieron caminando sin que ninguno de los dos pronunciara pregunta alguna. Nívea guió al muchacho durante un rato entre los árboles, preguntándose si se hallaban más cerca del castillo que antes o, simplemente, se estaban alejando de él. Finalmente llegaron a un pequeño claro en el que se alzaba una pequeña cabaña de piedra, de techo de paja y madera, de cuya chimenea salía un hilillo de humo gris. No había ventanas y la puerta era de madera vieja. Nívea la abrió sin apenas dificultad y lo invitó a entrar.

-Hay un poco de liebre hecha sobre las brasas  -le dijo-. Procura no quemarte.

Nívea desapareció tras una cortina que daba a otra habitación, seguramente su pequeño dormitorio. Tras servirse un poco del animal y sentándose a la mesa para comer, los curiosos ojos del niño vagaron por la habitación.

Sobre la chimenea había diversos tarros con hierbas, alguna de las cuales explicaría el olor dulzón que llenaba la estancia. Colgaban del techo algunas cabezas de ajo que no sabía de dónde las habría podido sacar la dama. Sobre una manta echada encima de un montón de paja, en un rincón, dormía un gato negro profundamente. Había velas en algunas estanterías, en la mesa, en algún que otro taburete distribuidas por la habitación con tal de tener suficiente luz. Un pequeño espejo colgaba de una de las paredes. Sobre las estanterías se apilaban algunos libros y ramas secas. Junto a él, sobre la mesa, había un caldero cubierto con un trapo para que no entrasen los insectos.

Sintiéndose con más hambre, y en vista de que la liebre se había terminado, Luke se aventuró a echar un vistazo al interior para servirse un poco del guiso en el plato de madera. Esperaba encontrar en él algo de carne en el caldo, quizá el resto de la liebre, pero el corazón se le heló cuando vio que la única carne que contenía era la de unos cuantos dedos humanos.

Sintió de nuevo los latidos de su corazón, pero acelerados, de animal asustado. Sus ojos recorrieron nuevamente la estancia, nerviosos, aterrorizados. Lo que al principio pensó que eran ramas secas, en realidad eran manos humanas con la carne tan reseca que se marcaban los huesos. Lo que dormía junto al rincón no era un gato negro, era una cabeza con el pelo enmarañado, la piel gris y los ojos ciegos, sin vida.

Lo que colgaba del techo no eran cabezas de ajo, eran orejas. Le entraron náuseas, el terror invadió todo su cuerpo, supo que tenía que irse de allí. Pero antes de que su cuerpo pudiese reaccionar, oyó chasquidos detrás de él. Se dio la vuelta, lentamente, temiendo lo que pudiese encontrar.

La que antes había sido Nívea chasqueaba sus dedos de forma grotesca. Las pulcras uñas que Luke había visto momentos antes en el bosque se habían transformado en garras propias de un animal. La piel blanquecina de la muchacha se había tornado gris, cadavérica, y de su boca salían dos hileras de dientes largos y bien afilados, todos ellos iguales. No había nada de bello en aquella Nívea.

La criatura se le acercó, a pesar de la corta distancia que ya los separaba, y mientras se perdía en aquellos ojos, antes grises, que se habían tornado del color de la sangre, Luke tuvo la certeza de que nunca más volvería a casa.

Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 1 de Invierno

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