miércoles, 22 de agosto de 2012

¿Se puede amar a un Lannister?

Ella cruzó el patio como todas las mañanas desde que llegara a Desembarco del Rey, era demasiado temprano y el castillo aún dormía, pero sus labores en la sastrería la obligaban a madrugar.
Era consciente de que, pese a ser miembro de la casa Stark, el poder de la familia no era suficiente para que pudiese vivir cómodamente en la capital del reino sin tener que trabajar, así que se resignó a una vida de servicio.
Sus pensamientos divagaban en estos y otros asuntos cuando, al doblar la esquina, impactó de frente contra algo duro que la hizo caer al suelo. Dolorida por el golpe levantó la vista y le vio, era él, el hombre por el que todas las mujeres suspiran: el Matarreyes.
Solo acertó a musitar una breve disculpa, cuando la mano de él, enguantada en terciopelo blanco se ofreció a ayudarla.
No podía ser, ella había oído muchas veces a las mujeres del castillo decir que él sólo era educado con su hermana, pero ahí estaba, ayudándola a levantarse.
Con cara de preocupación, Jaime Lannister observó a la dama y se llevó una sorpresa, ¿desde cuando las cortesanas del castillo eran tan bellas?
-Disculpad, Milady si en mi atolondramiento os he lastimado, nada más lejos de mi intención que herir a una dama tan hermosa como vos. - Ella parpadeó asombrada, convencida de estar soñando.
-No, disculpadme a mi, mi señor, no os he visto, mas no os preocupéis, estoy bien.
-Las damas nunca deben disculparse, mi señora, y menos cuando no ha sido su culpa. Debo resarciros por este agravio, ¿me permitís que os invite a desayunar? -El rubio se descubrió a sí mismo diciendo algo que nunca se le habría ocurrido, ¿estoy invitándola a compartir mi comida? ¿Qué me está pasando?
-Sería un honor, mi señor, pero debo ir a desempeñar mis labores en la sastrería y me temo que ya llego tarde.
-Otra vez os causo un problema, no me gustaría que se enojaran con vos, la Septa os perdonará si os acompaño y asumo mi culpa, ¿os apetecería entonces cenar mejor? -Ella se sonrojó y, tímidamente asintió, aunque su cabeza daba vueltas y le recriminaba su actitud, era una Stark, no debería ni hablar con él.
Cruzaron los pocos metros que restaban hasta la sastrería en silencio, acercándose poco a poco inconscientemente. Al llegar, el capa dorada se giró y habló.
-Aún no me habéis dicho vuestro nombre, y eso os hace estar en ventaja, puesto que imagino que sabéis quién soy.
-Por supuesto, mi señor, vos sois el Mata... perdón, Ser Jaime Lannister, yo soy Cristina Stark, de Invernalia. -Jaime dio un paso atrás al oírlo, ¿una Stark? ¿Trabajando en el castillo? De todas las familias a las que podría pertenecer aquél ángel y tenía que ser una Stark.

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Aquí tenéis el siguiente capítulo, ¿se puede amar a un Lannister? (II)

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