miércoles, 29 de agosto de 2012

The Riverrun Memories: Capítulo 12

PETYR
La tarde de su beso a Cat estuvo caminando en una nube y repitiendo la escena en su cabeza una y otra vez: el rostro confiado de la muchacha, sus ojos cerrados, la boca ligeramente abierta... Lo siguiente (el empujón, la bofetada, la huida), prefería no recordarlo. Tras la marcha de la joven, Petyr se quedó en el bosque de dioses con Lysa, pero de repente ésta no quiso saber nada más del juego de los besos. Le recriminó su manera de utilizarla, porque había visto claramente cómo besaba a Catelyn, con un ansia que no ponía cuando la besaba a ella.
Y eso que fue algo breve. Petyr trató de convencerla de que se había limitado a cobrarse su prenda y no le pareció mal hacerlo en forma de beso. Además, unos momentos antes la había besado a ella de manera diferente, pero nada haría que Lysa creyese su mentira. Podía ser una niña simple, sí, mas no se le escapaba que algo raro había entre él y su hermana. “¡Has cerrado los ojos mientras la besabas! ¡Nunca los cierras conmigo, a veces abro los míos y te veo mirando hacia otro lado!”  Él no halló la manera de convencerla a través de las palabras ni de los actos. Quiso abrazarla, pero ella se zafó con rapidez y también salió corriendo. No entendía su actitud. Con Lysa todo había sido un simple juego y nada más.
Durante los tres días que vinieron, el ambiente en Aguasdulces estaba enrarecido. En la mesa no se oían risas sofocadas ni cuchicheos. Los sirvientes respiraban tranquilos al ver que, por fin, los niños díscolos se habían convertido en adultos y se librarían de sus travesuras. Catelyn actuaba como si nada hubiese pasado, pero Lysa andaba con una expresión entre triste e indignada todo el día, como un alma en pena. Ya no iba al bosque de dioses con Petyr, ni quería compartir con él ningún secreto o trastada. El muchacho decidió entretenerse de otra manera esos primeros días. Acudía a la biblioteca a leer tomos de tema histórico y también los viejos libros de cuentas de Aguasdulces. La economía era lo suyo desde los tiempos lejanos de Los Dedos. Desde pequeño había sido muy listo a la hora de sacar dinero de inocentes negocios. Le entusiasmaba ver cómo crecían sus ahorros. De hecho, desde que llegó a la región de los Ríos, Lord Hoster le había encargado algunos asuntos de este tipo y consiguió reunir una pequeña cantidad de dragones en su habitación… pero era una fortuna miserable con la que no podría comprar ni un cochinillo.
Un día se le ocurrió ojear por curiosidad uno de esos libros diminutos y llenos de ilustraciones coloridas que tanto entusiasmaban a Lysa y que recogían cuentos y poesías de las que recitaban los bardos. El elegido por Petyr contaba la historia de un joven muchacho de origen humilde que se enamora de una princesa, cuyo padre la había encerrado en una torre de oro y cristal para que nadie se la robara. El joven, a pesar de ser pobre, era ingenioso y con su astucia consigue incluso vencer en un duelo al guardián de la torre, un gigante peludo y fiero. Petyr se rio de semejante historia, pero le gustaba pensar que los débiles y pequeños vencían a los grandes y poderosos. La realidad, tristemente, era otra: el dinero y la fuerza física eran las armas más poderosas y él no tenía ninguna de ellas. En un mundo como el suyo, la gente que sólo contaba con su inteligencia no triunfaba. Como mucho se limitaba a sobrevivir. Eso era lo que sentía que había estado haciendo durante toda su existencia. Y se odiaba por ello.

Recordad, visitad la web de la autora y dejad vuestrras impresiones allí.
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Siguiente capítulo, The Riverrun Memories: Capítulo 13

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