miércoles, 22 de agosto de 2012

The Riverrun Memories: Capítulo 3

CATELYN
Se había levantado con sigilo para no despertar a su hermana y vestido sola. La sirvienta le había dejado preparada la ropa la noche antes. Un vestido azul cielo, con pequeñas truchas saltarinas bordadas en torno al cuello, símbolo de los Tully de Aguadulces. Tenía que estar perfecta para realizar su tarea como señora del lugar.
Lo asumía sin quejarse, pero en el fondo envidiaba a Edmure y a Lysa. A él porque podía estar toda la mañana adiestrándose con la espada, desfogándose; a ella porque no le importaba que la tacharan de irresponsable. Lysa era un espíritu libre, algo que Catelyn sabía que jamás conseguiría ser.
Tras arreglarse diestramente el cabello, bajó a la cocina a desayunar. Allí ya estaba Petyr, cabizbajo, tomando unas gachas acompañadas con cerveza ligera. Desde hacía un año, todas las mañanas ocurría lo mismo: por mucho que madrugara, Petyr lo hacía antes que ella, como si intentara evitar un encuentro. Últimamente sentía un vuelco en el estómago cuando lo veía. Lo quería como a un hermano: junto a Lysa, habían sido tres compañeros inseparables; pero desde que Cat asumió el papel de señora de Aguasdulces, el carácter de Petyr había cambiado y ella no llegaba a adivinar qué escondía ese muchacho en su interior. En su presencia se mostraba retraído, casi avergonzado. Los esfuerzos de Catelyn por demostrarle que seguía siendo la misma habían sido inútiles. A veces se sorprendía mirándolo fijamente, como si intentara leer su mente, sacar de esa cabeza de pelo negro los más ocultos pensamientos. En esos momentos él levantaba la mirada y la escudriñaba con unos ojos extraños. Los tenía de un gris verdoso, felinos, y a Cat le parecía que eran realmente el espejo de su alma. 
Se sentó frente a Petyr y empezó a desayunar. Intentó darle un poco de conversación, pero el muchacho estaba especialmente taciturno y apenas pudo arrancarle dos o tres frases sobre el tiempo. Petyr aceleró su comida y se despidió de Cat mirándola de reojo. Sonrió con la boca al decirle hasta luego, apenas un gesto, pero no con los ojos. Catelyn siempre notaba una punzada de culpabilidad por la aparente tristeza de Petyr. Cuando él estaba con Lysa, se reía y se mostraba como ella lo recordaba: natural, distendido y confiado; pero en cuanto ella aparecía al chico se le borraba la risa de la boca y la mirada se hacía esquiva. Cat no entendía nada. Desde el primer momento en que se vieron disfrutaron de una mutua confianza, pero ahora Petyr no le dejaba entrar en su alma. Sentía celos de Lysa, porque con ella aún compartía secretos, cuchicheaba y le decía cosas al oído, cosas divertidas que hacían que Lysa estallara en carcajadas en medio de las comidas, mientras Lord Hoster miraba con severidad a Petyr. Éste siempre bajaba la cabeza contrito, mientras miraba de reojo a su cómplice de travesuras, ahogando una risita.
Lo cierto es que el muchacho seguía teniendo el mismo encanto que cuando lo conoció. O eso parecía por lo que Lysa le contaba. Por las noches, antes de dormir, le narraba con todo lujo de detalles lo que hacía con Petyr: contar historias de miedo, correr por el bosque de dioses, hacer travesuras por el castillo, espiar los cotilleos de los sirvientes… Lo mejor de todo es que casi nunca los sorprendían con las manos en la masa y tampoco había manera de culparlos de las pequeñas gamberradas que hacían. Según Lysa, Petyr tenía ahora un dicho: las manos siempre limpias y el aliento siempre con sabor a menta. Esto último era algo que Cat no entendía. ¿Sabor a menta? ¿Para qué? Cosas de niños, suponía.
Finalizó su desayuno y se presentó ante su padre. Lord Hoster le indicó que esa mañana no habría ningún tipo de audiencia debido a que las lluvias de las últimas semanas habían dejado los caminos impracticables. Los vasallos de Aguasdulces no podían acceder a la fortaleza cuando esto ocurría, cosa que era frecuente incluso antes de acercarse el invierno. Catelyn preguntó a su padre si necesitaba algo más de ella, a lo que Hoster respondió que no, que podía emplear la mañana en lo que quisiera. No era frecuente encontrase con tiempo libre en el último año, de modo que no sabía exactamente qué hacer. ¿Leer? No, no le apetecía encerrase en una mañana tan templada. ¿Ver a Edmure entrenarse? Tampoco. Sus bravuconerías de niño a veces la enervaban. Decidió que se acercaría al bosque de dioses un poco más tarde, a ver qué tramaban Lysa y Petyr.

Recordad, visitad la web de la autora y dejad vuestrras impresiones allí.
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Siguiente capítulo, The Riverrun Memories: Capítulo 4

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