viernes, 24 de agosto de 2012

The Riverrun Memories: Capítulo 6

PETYR
El día había ido mejor de lo que esperaba. Primero había asistido a la derrota humillante de Edmure frente a un mozo de los que usaban para los entrenamientos. El niño, a pesar de tener sólo diez años, era orgulloso y aquello le dolió. Petyr sintió un calor reconfortante por dentro cuando lo vio en el suelo, lloroso y con las mejillas coloradas, más por la vergüenza que por el esfuerzo del combate. Ahora sabría qué era la humillación.
En esos momentos, Petyr recordó cómo un año antes Edmure le había dejado en ridículo delante de Cat y Lysa. Era más de lo que podía soportar. Estaban jugando al sitrang una noche y el niño no hacía nada más que incordiar de un lado para otro. Petyr le recriminó la actitud diciéndole que los bebés no deberían estar levantados a esas horas molestando a las personas mayores. Edmure, ofendido, le dijo que qué tenía él de persona mayor, cuando no era más que el meñique de Los Dedos. Petyr procedía de la parte más pequeña de esa región, lo que unido a su estatura, hacía de este comentario algo bastante ingenioso. Lo que más le dolió fueron las risas de las dos hermanas ante la ocurrencia de Edmure. Era el niño mimado de todos los Tully por su condición de heredero, así que el apodo de Meñique se hizo popular en Aguasdulces para referirse a Petyr. Él siempre aparentaba no sentirse molesto cuando lo escuchaba, pero Lysa sabía que era uno de su puntos débiles y lo atacaba con ese nombre cuando estaba enfadada con él o simplemente para hacerlo rabiar.
También había dado un pequeño paso en su nueva manera de relacionarse con Cat. Desde su llegada, Lysa y ella lo habían acogido como a un hermano, pero Petyr estaba experimentando un sentimiento nuevo hacia la mayor de las Tully. Los juegos de la niñez empezaban a quedar atrás y notó que ahora descubría a una nueva Catelyn. De alguna manera, ella fue siempre su preferida. La madurez que demostraba, su sentido del honor, la forma en que amablemente reñía las travesuras de Lysa…, todo ello conformaba un conjunto de virtudes que a Petyr le parecían excepcionales en una persona tan joven. Ahora que era casi una mujer de dieciocho años, Petyr se dio cuenta de que ya no la miraba como a una hermana. La belleza que contempló por vez primera en una niña de nueve años había ido incrementándose, haciendo de ella una encantadora joven en todos los sentidos. Petyr se descubrió un día mirándola embobado, sintiendo una punzada extraña en la parte baja del estómago. Ella le había devuelto la mirada, sonriendo, pero como siempre lo hacía: como cuando sonreía a Edmure. Petyr bajó el rostro, dolido sin tener muy claro por qué, y ahí empezaron los días de sufrimiento.
Buscó un apoyo en Lysa, que era sólo un año mayor que él. Desde que llegó a Aguasdulces, ella lo había seguido en todas sus aventuras como un perrillo. Lo buscaba desde el mismo momento en el que se levantaba de la cama y no hacía nada sin consultar antes con Petyr. Notó que la fascinaba su manera de ser y usó eso como un comodín para lograr cosas cuando quería. Fingía enfadarse con ella si le hacía la contra, con lo que Lysa volvía suplicante y llorosa para que hicieran las paces y volvieran a ser amigos. Con Catelyn nunca le habían valido esas tretas, pero hasta ese momento no le importó. Ahora que ejercía plenamente como señora del lugar y la empezaba a adorar en la distancia, sí consideraba una derrota el poder que ejercía sobre él. De alguna manera, la posición social que ella tenía incrementaba el atractivo de la joven, a la vez que la hacía inalcanzable para un don nadie como él. Petyr, que siempre se había considerado una persona con recursos, por primera vez no tenía una solución fácil a un problema: el de acercarse a Catelyn y desvelarle sus sentimientos.
Mientras se desvestía en su habitación para acostarse, Petyr no paraba de darle vueltas a la prenda que pediría a Cat. No sabía hasta qué punto ella tomaría un simple juego tonto como una obligación, aunque conociendo su sentido del honor imaginaba que no pasaría por alto la palabra dada al muchacho de que pagaría su deuda. En realidad tenía claro qué pedirle; lo que no tenía tan claro era cómo y la forma en que ella reaccionaría. Envuelto en esos pensamientos, se durmió y soñó que él era un poderoso señor y Cat una sumisa adolescente a la que abrazaba, mientras la nieve caía sobre su melena de pelo castaño.

Recordad, visitad la web de la autora y dejad vuestrras impresiones allí.
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Siguiente capítulo, The Riverrun Memories: Capítulo 7

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