martes, 11 de septiembre de 2012

Invierno: Capítulo 4

Brinna


La parada que su barco había hecho en Ghaen era de un día. Brinna se había adaptado al barco
más rápido de lo previsto y le resultaba sencillo robar comida de la cocina y llevársela a su
escondite en la bodega, por lo que nadie había reparado en que llevaban un polizón a bordo,
pero su deseo de pisar tierra por primera vez en una semana era fuerte. Cuando la mayoría de
los marineros y algunos viajeros que habían pagado su parte de la travesía hubieron bajado
del barco, Brinna se decidió a bajar. Sentir la tierra firme bajo sus pies en vez del constante
bamboleo del barco la relajó. Cerró los ojos, aspiró el aire de Ghaen y se dispuso a dar un
paseo por la pequeña ciudad.
Había pescadores en la playa cerca del muelle. Brinna se quedó un rato mirando cómo
preparaban las redes antes de echarse a la mar. Recordó entonces que tenía hambre, así que
fue en busca de una posada de la que poder sustraer algo de comida. De Enza había aprendido
a no ser vista, a ser ágil y rápida, pero siempre había sido ella la que robaba. Brinna todavía lo
hacía con terror en el cuerpo por si era descubierta.

La posada en la que entró estaba a rebosar de marineros y habitantes al mismo tiempo.
Muchos de ellos hablaban en la lengua de Asshai, la que ella conocía, pero otros pocos
hablaban la lengua común de los siete reinos, que aunque la comprendía, le era todavía algo
complicada de dominar. Olía a pescado por todas partes. En la calle el olor era algo más sutil,
pero dentro de aquella habitación golpeaba en el rostro y casi cortaba la respiración al que no
estuviese acostumbrado a él. Cubriéndose la nariz con la manga de la camisa, Brinna se abrió
paso entre marineros y pescadores borrachos.

Localizó un plato de comida que podía conseguir. Su dueño entablaba una amigable
conversación con un pescador que arreglaba una de sus redes sentado en las escaleras de
madera que conducían a las habitaciones, por lo que estaba de espaldas a la mesa. En el plato
había una pata de conejo apenas intacta. Tenía que haber sido un gran conejo, porque era algo
más grande de lo normal. A Brinna le rugía el estómago.

Se acercó como si nada, sin mirar el plato directamente para evitar atraer la atención sobre
ella. El pescador estaba centrado en su red mientras hablaba con el que había pagado la
comida, por lo que ninguno de los dos se había percatado de que ella estaba allí. Contuvo la
respiración, alargó la mano y...

Echó a andar como si nada después de alcanzar su presa. Dio un rodeo rápido a la
posada escondiendo la pata de conejo en la manga de su camisa y salió del abarrotado
establecimiento. Solo entonces se atrevió a darle un mordisco. Le supo peor de lo que había
imaginado, pero era comida y ella tenía hambre. Se alejó de la posada, lista para curiosear por
las calles hasta que se hiciera de noche y pudiese volver al barco.

“Seguro que a Enza le hubiese gustado esto” pensó con tristeza. Las casas estaban hechas de
madera y de forma un tanto tosca. Algunas de ellas estaban hechas de piedras y barro, las más
grandes, pero en general era una ciudad pobre, muy distinta de Qarth. Sin embargo eso era lo
que le gustaba a Enza, la vida normal en sitios como ese. Qarth nunca le gustó.

-¡Detenlo!

Cuando oyó el grito, Brinna se asustó, pensando que era por ella, que la habían pillado
robando, pero entonces algo blanco pasó corriendo por entre sus pies, tropezó con una de sus
botas y comenzó a subirle por la pierna. Para cuando se percató de lo que ocurría, el hurón se
había encaramado a su sobrero. Tras él iba corriendo un muchacho joven, apenas un año o dos
mayor que ella. Tenía la piel morena, curtida por el sol y el calor del desierto, sin duda. Llevaba
los oscuros cabellos recogidos en una pequeña coleta. Brinna se sonrojó al ver que no llevaba
camisa.

-Lo siento chico –dijo cuando llegó junto a ella, sin aliento-. Cuando le da por escaparse es muy
rápido, pero de normal se porta bien.

El chico recogió el hurón del sombrero de Brinna. Era bastante más alto que ella, ya que Brinna
era menuda y enclenque y él era alto y fornido. Tenía que alzar el cuello para mirarle a la cara,
pero enseguida supo que no debía haberlo hecho.

-Vaya, eres una chica.

Brinna bajó la mirada tratando de esconderse bajo su sombrero y puso la voz más grave que
sabía.

-¿Estás loco? ¿Cómo voy a ser una chica?

En vez de dedicarse a responder, como esperaba Brinna, el muchacho alzó la mano libre y le
tocó uno de sus pechos.

-¡Oye! –gritó ella.

-¿Ves?

Sin embargo, sonreía, divertido por el enfado de Brinna. Ella miró a su alrededor para
cerciorarse de que nadie los había oído. Por suerte, aquella calle estaba vacía a excepción de
ellos. Brinna volvió a mirarle.

-No me delates, por favor.

-No lo haré si me dices por qué vas así.

Brinna dudó. Se había propuesto intentar hablar lo menos posible con la gente durante su
viaje, pero no tenía escapatoria. Se aseguró nuevamente de que no había nadie antes de
continuar.

-Si viajo como mujer, lo más probable es que acabe violada.

-Chico listo entonces –el chico sonrió-. ¿Y a dónde viajas?

-Al oeste, a los siete reinos.

El chico acarició el hurón, que olfateaba a su dueño alegremente, mientras la miraba,
pensativo y sonriente. Brinna se fijó en que tenía unos bonitos ojos castaños.

-Deduzco que vas de polizón.

-Así es –respondió; si el chico ya sabía que era una mujer, de poco iba a servirle mentirle
acerca de aquello también.

-Ya no lo harás. Te pagaré el viaje.

Brinna abrió mucho los ojos, con sorpresa.

-¿Qué?

-Sí chico, yo también viajo a los siete reinos, pero es más seguro comprar tu estancia en el
barco que robarla. Si el capitán se entera no será bueno contigo.

Brinna boqueaba como si fuera un pez fuera del agua. Aquello arrancó una carcajada del chico
que acababa de conocer, el que había dicho que le iba a pagar el viaje a los siete reinos.

-¿Por qué? –logró decir finalmente.

-A Pipper le gustas –dijo, encogiéndose de hombros-. Y a mí también. Creo que preferiré pasar
el rato contigo en el barco antes que con cualquiera de los que viajen en él –hizo una mueca
de asco.

-¿Quién es Pipper? –preguntó la chica, confundida.

-Él es Pipper –respondió él señalando al hurón, que seguía olfateando-. Y yo soy Yikar.

-Brinna –dijo ella.

-Para mayor seguridad te llamaremos Gen. Será más seguro para ti seguir viajando como
hombre.

Brinna, que todavía no entendía del todo lo que acababa de ocurrir, asintió en silencio. Yikar,
Pipper y ella pasaron el resto del día paseando por la pequeña ciudad, curioseando por el
mercado, caminando por la playa y charlando animadamente, algo que hizo que ambos se
conocieran un poco más. Se enteró de que Yikkar había pertenecido a una tribu nómada del
sur de Essos. Su madre había sido violada por un dothraki y lo había tenido a él. No hablaba
de su madre con demasiado cariño, al parecer ella tampoco le tenía mucho aprecio a él. Ella
le contó que venía de Qarth, donde había dejado a Enza y que probablemente ella se habría
marchado de allí ahora que sus caminos se habían separado.

Al llegar el momento de volver al barco, Brinna se escondió detrás de su nuevo amigo mientras
éste pagaba al capitán. Se sorprendió de que alguien como él llevara tanto dinero encima, pero
Yikar le dedicó una mirada cómplice acompañada de un travieso guiño y enseguida supo que
lo había robado. Pipper, viajando en el hombro de Yikar, olfateaba en su dirección. El hurón
blanco había simpatizado con ella casi tanto como lo había hecho su amo.

Agradeció en silencio no tener que viajar más sola. Era más seguro tener a alguien como Yikar
a su lado. Era un chico cálido, atento y amable, un poco salvaje a su manera, pero ante todo
alegre. No desapareció la sonrisa de sus labios en ningún momento.

Cuando, a la hora de dormir, su camarote no resultó ser más que un armario con un pequeño
catre, Yikar dejó que ella y Pipper durmieran en él, quedándose él en el suelo. El chico se
durmió enseguida y tan profundamente que sus suaves ronquidos no tardaron en aparecer.
Brinna lo observó, con el pelo trenzado por primera vez al descubierto en su presencia. Le
recordaba a Enza. Tal vez fuera por eso por lo que había confiado en él tan deprisa, aunque
una vocecilla en su interior, una que conocía demasiado bien, le susurró hasta quedarse
dormida “no confíes en nadie”.


Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 5 de Invierno

1 comentario :

Por favor, intente escribir correctamente y sin faltas de ortografía . Los comentarios con muchas faltas serán moderados. No falte al respeto al resto de usuarios y exprese sus opiniones con educación. Gracias por comentar.