sábado, 15 de septiembre de 2012

Invierno: Capítulo 5

Walden


Contemplaba la escena sentado en un enorme barril del patio de armas sin inmutarse siquiera.
Un grupo de niños con los que había estado jugando hasta hacía unos minutos estaban
golpeando con palos a Orren, uno de los criados de su padre porque había tenido la osadía
de cruzar por medio del patio mientras estaban ellos presentes. Lo habían considerado como
una invasión de sus territorios y le estaban haciendo pagar la afrenta. Walden contemplaba
al flacucho pelirrojo sin ninguna compasión, pero también sin ganas de participar en algo tan
poco noble. Su padre ante todo le había enseñado modales.

Cuando llegó la guardia de su padre, el grupo de niños se disolvió, desapareciendo
rápidamente en distintas direcciones inmersos en risas y grititos. Walden simplemente se
rascó la nariz en un gesto típico suyo mientras permanecía sentado en el barril. Cuando Orren
se puso en pie, los guardias también se marcharon. El enclenque muchacho pelirrojo también
abandonó el patio, cojeando y maldiciendo en voz baja. Suspirando, Walden dejó el palo que
había estado sosteniendo y fue a reunirse con el grupo de niños que había huido hacia las
murallas del sur.

El día era gris, como lo eran todos los días del otoño. El sol se escondía tras las nubes en un
aviso de la oscuridad que lo reemplazaría en cuanto llegase el invierno. El pequeño Walden
había nacido en invierno, pero apenas recordaba nada de aquel entonces, solo días negros
y noches todavía más negras. Y el frío. El frío que sentía que volvía a calar todos sus huesos
noche tras noche. Le gustaba.

Siguió el camino de piedra hasta llegar a la muralla del sur. Encontró allí, junto a las enormes
y pesadas puertas de madera, a dos de los chicos con los que había estado jugando. William,
rubio, alto y demasiado delgado, hijo de un amigo de su propio padre, y un muchacho
regordete, muy semejante a un saco de patatas del que Walden nunca recordaba el nombre,
que tenía el pelo pajizo y cortado a partes desiguales, lo que le daba un aspecto cuanto menos
ridículo. Era uno de los chicos del pueblo. Ambos estaban riéndose todavía y no se molestaron
en parar cuando vieron acercarse a su pequeño señor.

-Se lo pensará dos veces antes de volver –dijo William todavía con lágrimas de risa en los ojos
cuando Walden estuvo junto a ellos.

-¡Se echó al suelo como un cobarde! –dijo el muchacho gordo antes de volver a echarse a
reír. Sus regordetas rodillas estaban a punto de tocar el suelo. Walden disimuló una mueca de
desagrado.

-Vosotros sois los que actuasteis como tal –se sorprendió a sí mismo diciéndolo-. Erais más, y
armados con palos. No fue justo.

Sin embargo, él no había hecho nada por evitarlo. Se preguntó en qué lugar lo dejaba eso a él.
Los dos niños dejaron de reírse y lo miraron seriamente.

-¡No somos cobardes! –el chico regordete hinchó el pecho en un intento de parecer bravo,
pero lo único que consiguió es que Walden tuviese que reprimir una risita.

-Seguro –dijo esforzándose por no reírse delante de ellos.

Aquello pareció molestarlos a ambos, porque ya no quedaba ni rastro de diversión en sus
rostros. Cuando Walden logró mantener la compostura, les devolvió la mirada, desafiante.

-¿Y qué hay de ti? –preguntó William-. Seguro que ni siquiera te hubieras atrevido a tocarlo
por miedo a que te bajara los calzones.

El chico regordete se rió, pero Walden se mantuvo serio. No le gustaba que le llamaran
cobarde, y menos alguien que sí era un completo cobarde y que no tenía ni idea de nada.
Pensó en algo divertido, algo que podría hacerlos callar y demostrarles que era más valiente
que ellos.

-¿Queréis jugar a algo? –preguntó con un brillo de suficiencia en la mirada-. Iremos al bosque –
los otros dos niños se miraron espantados ante la idea, Walden lo sabía y sonrió-. A menos que
tengáis miedo, claro.

Los vio tragar saliva, satisfecho. William sabía que trataba de hacerlos quedar mal, por ello
decidió aceptar el juego. Walden se lo explicó. Cada uno de los tres partiría desde tres puntos
distintos hacia el interior del bosque. Había unas plantas que florecían en aquella época no
muy lejos de las murallas, por lo que no haría falta adentrarse más de media legua. Tenían que
coger una de las flores y volver. El que volviese sin flor sería considerado un cobarde.

William aceptó, pero el muchacho regordete parecía tener sus reservas. Cuando cada uno fue
a situarse en un punto distinto, él se mantuvo cerca de la puerta. Walden no se molestó en
preocuparse por él y entró en el bosque.

El suelo estaba cubierto de hojas y los restos de la última nevada. En el norte siempre nevaba,
fuera invierno, verano, daba igual. Caminó entre los árboles de troncos tan grises como el
cielo, oyendo el crujir de las hojas caídas con cada paso. No era la primera vez que entraba en
el bosque. Cuando nadie lo miraba entraba a escondidas y exploraba hasta que se cansaba y
volvía al castillo. Si su señor padre se hubiese enterado, lo habría castigado duramente, ya que
decía que era peligroso. Él no comprendía por qué. No encontraba animales más peligrosos
que un conejo o una ardilla asustada. Anduvo bosque adentro durante un rato hasta que dio
con el claro que estaba buscando. Entre los restos de nieve y las hojas secas crecían unas
pequeñas flores azules, el objetivo de su juego. Se agachó y cortó un pequeño tallo. No había
ni rastro de los otros dos chicos. Sonrió para sí mismo. Estaba seguro de que habían salido
corriendo con el primer ruido del bosque.

Sintió una fría mirada clavada en su nuca. Se dio la vuelta y entornó los ojos, buscando entre
los árboles el origen de aquella extraña sensación. Casi se dio por vencido cuando la vio, junto
a uno de los árboles, casi como un espectro de piel tan blanca como la nieve del suelo, una
mirada fría, un susurro…

El ruido de unos cascos lo sobresaltó y le hizo darse la vuelta justo a tiempo para ver aparecer
un caballo gris entre los árboles y, sobre él, uno de los hombres de su padre, un joven de
cabellos castaños que lo miraba con aquellos ojos ambarinos que poco pegaban en el norte.
Creía recordar que su nombre era Hugo.

-No deberíais adentraros en el bosque, joven señor –le dijo mientras bajaba del caballo-. Os
llevaré a casa.

Lo ayudó a montar antes de que el muchacho pudiese protestar siquiera. Ya a lomos del
caballo gris, se volvió para buscar al espectro que lo había estado observando, pero ya no veía
nada. Por un momento pensó que se lo había estado imaginando, pero le volvió a la mente
el susurro que oyó justo antes de que el hombre de su padre apareciese. Era imposible haber
imaginado aquella voz, tan fría y a la vez tan familiar… “Te estaba esperando” le había dicho.

Hugo no hablaba, no era un hombre que malgastara las palabras, así que volvieron al castillo
acompañados de un cómodo silencio que los complacía a ambos. Walden pensaba en el
castigo que le pondría su padre al enterarse de aquello mientras jugueteaba con la flor azul.
Hugo lo miraba de vez en cuando mientras guiaba al caballo entre los árboles, pero no decía
nada. Había algo en la mirada de aquel chico que no le gustaba, que no le hacía confiar en él,
pero sabía que debía tolerarlo porque a un señor no pueden caerle bien todos sus hombres.

-Hubo una vez un pequeño señor que se perdió por estos bosques y jamás regresó –le dijo
Hugo finalmente.

-Mi primo Luke, lo sé –replicó Walden.

Estaba cansado de oír hablar de Luke y de lo mucho que se parecía a él conforme iba
creciendo. No había conocido a su primo, pero si había sido tan estúpido como para perderse
en aquel bosque no era problema suyo. Él no era Luke, él no se perdería jamás porque sentía
el bosque como una extensión de su propia alma.

Llegaron por fin al castillo. Walden tenía una ligera idea de quién había avisado a los hombres
de su padre. Vio al muchacho regordete esperando ansioso junto a las puertas, pero no
había ni rastro del niño alto y rubio. Antes de ir a reunirse con su padre, Walden se acercó al
chiquillo.

-Ya veo que no tenéis ninguno madera de explorador –le dijo con una sonrisa de suficiencia
mientras movía la flor azul delante de sus narices-. ¿Dónde está William? ¿Huyendo de la
vergüenza de ser un cobarde?

-William entró en el bosque –respondió el niño, que parecía tener todavía el miedo metido en
el cuerpo-. Todavía no lo han encontrado.

-Oh –fue lo único que dijo Walden.

El muchacho dio la espalda al chiquillo regordete y entró en el castillo de su señor padre para
reunirse con él, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa ligeramente maliciosa mientras
pensaba que había gente mucho más estúpida que su primo Luke.

Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 6 de Invierno 

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