miércoles, 26 de septiembre de 2012

Invierno: Capítulo 7

Brinna


La noche era tan oscura que hasta con las lámparas de aceite encendidas a lo largo de la
cubierta era difícil ver. Pipper, el juguetón hurón blanco de Yikar, el nuevo amigo de Brinna,
mordisqueaba un trozo de pan duro que había sobrado de la comida en el regazo de la chica,
que estaba sentada con Yikar mirando las estrellas. Bajo la identidad de Gen, la feminidad de
Brinna había pasado más o menos desapercibida para el resto de los marineros. Uno o dos
había querido molestarla buscando pelea, pero entonces Yikar aparecía y el marinero se iba
farfullando y maldiciendo. En aquel instante estaban ellos solos en la cubierta.
-Mira, esa de ahí parece un martillo –Brinna señaló un grupo de estrellas y Yikar siguió la
dirección con la mirada hasta encontrarlo.

-Es el khalasar de Khal Fogo, siempre iba armado con una gran maza.

A Brinna cada vez le gustaba más Yikar. Siempre tenía una historia para algo y pasaban
entretenidos durante los aburridos días de viaje. Le gustaba mucho escucharle y también le
gustaba jugar con Pipper, el hurón parecía haberle cogido tanto cariño como ella a él. Se alegró
de haberlo encontrado en Ghaen.

La chica siguió mirando al cielo buscando constelaciones y encontró una que le pareció
curiosa. Parecía un dragón extendiendo las alas. Se lo dijo a su amigo.

-Esa es la Veneno de Dragón –le explicó-. Cuando todos los dragones murieron, apareció en el
cielo el mismo día en que un viajero llegó a Essos con la intención de revivir los pocos huevos
que quedaban. Dicen que es una señal de que los dragones volverán algún día.

-¿Veneno de Dragón? –preguntó ella-. Es un nombre un poco extraño.

-Es el nombre que le daban a aquel viajero –Yikar sonrió al ver que no conocía la historia-.
Verás…

Veneno de Dragón era un hombre que vivió hace mucho tiempo. Vivía en un gran castillo
rojo, con muchos sirvientes y damas a su servicio y algún día, puede que cuando la guerra
terminase, sería rey. Pero él nunca sonreía, no era feliz. Se había armado con una coraza de
hielo que lo aislaba del mundo. Era un hombre frío, poco amistoso. Frío era su interior y fría era
su mirada.

Lo llamaban Veneno de Dragón porque al morir su madre a manos de una de estas criaturas,
él los detestaba y fue matándolos hasta que, finalmente, acabó con el último. Cuando se dio
cuenta de la atrocidad que había hecho, de que aquello no iba a traer de vuelta a su madre, se
desmoronó. Siempre iba de negro.

Quiso entonces traer de vuelta a los dragones. Había encontrado huevos de dragón en los
alrededores pero parecían no querer eclosionar. Veneno de Dragón pensó entonces en llevarlos
a su tierra, llevarlos al otro lado del mar.

Viajó una vez con tres huevos. Uno se perdió por el mar por culpa de una tormenta, otro se lo
robaron cuando desembarcó, y antes de que pudiese salir de la Ciudad Libre, el tercero sufrió
una caída cuando un extraño lo golpeó.

Desanimado, volvió tiempo después a hacer otro viaje, que tampoco funcionó. Los huevos no
tenían suficiente calor y murieron.

Pero Veneno de Dragón, obstinado, volvió a intentarlo. Hizo otros siete viajes más, sin
resultado alguno, aunque en el último estuvo cerca de lograrlo. Llevó al único huevo que
quedaba lejos de las Ciudades Libres, al desierto que había al este, antes de llegar al mar
dothraki. Fue lo más lejos que había llegado en ninguno de sus viajes, estaba decidido a
transportar aquel último huevo a donde quiera que hiciese más calor.

A lomos de su caballo blanco, viajaba sin descanso durante el día para caer exhausto a la
noche sin lograr salir del desierto. Un día, mientras continuaba su camino, distinguió una
silueta entre las arenas claras. No se había cruzado con nadie desde que había entrado en el
desierto, así que aquello era una novedad. Fue a comprobar qué era.

Vio una maraña de pelo negro, desenredado, que se mecía con el viento, largo, oscuro.
Entonces vio los ojos, aquellos ojos tan ardientes como el mismo sol que lo observaron
acercarse desde muy lejos, tan ardientes que sentía que se quemaría él mismo si lo observaban
demasiado tiempo, tan ardientes que tuvo la certeza de que al fin había encontrado el Fuego
que buscaba.

Veneno de Dragón llegó finalmente junto al Fuego, que lo esperaba con aquella solemne
mirada ardiente. Desmontó de su caballo y se puso frente al Fuego para poder mirarlo a la
cara.

“Vuestro viaje no me era desconocido” dijo el Fuego con una voz tan ardiente como su
mirada. “Conozco vuestro propósito”.

Veneno de Dragón extrajo entonces el último huevo que le quedaba y se lo entregó al Fuego.

“Entonces sabréis que es a vos a quien debo entregaros esto” respondió.

El Fuego cogió el huevo, algo más pequeño que los otros que Veneno de Dragón había
transportado. Era de un color azul brillante, con algún brillo púrpura. Era un huevo hermoso, y
único. Y muerto.

“Nada puedo hacer ya” dijo El Fuego, “pues lleva muerto desde hace mucho”.

Se agachó y depositó el huevo en la arena, donde deslumbraba todavía más. Veneno de
Dragón lo contempló con tristeza, ya nada podía hacer. El Fuego se dio la vuelta y comenzó a
caminar hacia el este.

“Esperad” le pidió Veneno de Dragón. “Esperad” le volvió a pedir.

El Fuego lentamente se dio la vuelta.

“No he podido hacer nada por salvar a los dragones” dijo el hombre “pero puedo escoltar a su
fuego de vuelta a casa”.

El Fuego le dedicó una sonrisa traviesa, exótica y ardiente, ardiente como su voz, como sus
ojos. Se acercó de nuevo a él, sin mediar palabra, y Veneno de Dragón montó al Fuego en su
caballo, dispuesto a enfrentarse al cada vez más peligroso desierto.

Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 8 de Invierno

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