martes, 9 de octubre de 2012

Invierno: Capítulo 8

Kyran


Fue un viaje silencioso, pero no por ello menos comunicativo. Veneno de Dragón comprendía
que el Fuego quería que viajase a su lado, comprendía que había un propósito dentro de todo
aquello, pero no sabía cuál. Sentía durante todo el día los ardientes ojos del Fuego clavados en
su nuca mientras él caminaba junto a su caballo y notaba una sensación en su pecho creciendo
de forma cálida y agradable.

La primera noche de su viaje, el Fuego fue a él. Se enzarzaron en una apasionada lucha carnal
entre Hielo y Fuego de la que fueron testigos únicamente las estrellas. Veneno de Dragón
recorrió todas las curvas del Fuego, de su Fuego, porque aquella noche era suyo y nada más
que suyo.

Al día siguiente continuaron viajando en silencio. Veneno de Dragón pensaba en lo ocurrido,
en si había hecho bien la noche anterior. “Mi madre montaba dragones” pensaba para
animarse. “Pero un dragón acabó con ella” recordaba después. Si el Fuego percibió sus dudas,
nunca lo dijo.

Esa misma noche, volvió a suceder lo mismo. Veneno de Dragón no podía ocultar su sorpresa,
pero no quiso romper el encanto haciendo preguntas, por lo que dejó que el Fuego lo tomase,
dejó fundir su Hielo y entregarse completamente a aquella ardiente pasión que a ambos los
embargaba.

E igual que los días anteriores, su viaje transcurrió en silencio mientras Veneno de Dragón
cada vez tenía más dudas. “Debería quedarme aquí” pensaba “Que le den a los reinos, a los
sirvientes y a las putas, mi lugar sé que está aquí”.

Y también, como las noches anteriores, Hielo y Fuego fueron uno cuando el sol se puso.

Al cuarto día de viaje llegaron al fin a su destino, un pequeño poblado asentado cerca del
límite del desierto. El Fuego se vio en casa y Veneno de Dragón supo que debía quedarse. Sin
embargo, el Fuego lo leía como si fuera un libro, así que antes de que la idea de quedarse allí se
asentara en su cabeza, por primera vez en tres días, el Fuego volvió a hablar.

“Tu propósito aquí ha terminado, joven rey” le dijo.

Veneno de Dragón no se sorprendió al ver que sabía que debía ser rey, pero sí le sorprendió que
no pudiese quedarse allí.

“Mi sitio está junto al fuego de dragón” replicó “Debo quedarme”.

“Debes ser rey” el Fuego le cogió las manos y sus ojos fundieron los de él. “Y serás rey.
Gobernarás de forma justa y tendrás hijos de cabellos de plata con una bella mujer”.

Veneno de Dragón comprendió que aquello era una despedida. Su corazón, libre de aquella
coraza de hielo que lo había oprimido durante todos aquellos años, le reclamaba un último
beso de despedida. Pero supo que entonces le sería imposible partir, así que dejó que el Fuego
se marchara mientras él montaba de nuevo en su caballo blanco y partía hacia el oeste.

Veneno de Dragón gobernó bien, como dijo el Fuego que haría. Tuvo cinco hijos, dos niños y
tres niñas. Hasta el fin de sus días no se olvidó ni un solo instante de aquel Fuego misterioso
que le había hecho mejor hombre de lo que había sido. El último día que vio amanecer, sintió
como si se hubiese librado de un enorme peso, y por primera vez en muchos años sonrió.

Cuentan que al otro lado del mar Angosto, al otro lado del desierto, del Fuego surgieron una
noche tres huevos nuevos, llenos de calor, de vida, que quedaron custodiados por la arena del
desierto para renacer algún día.

Cuando Mina terminó de contar su historia, Kyran la miraba embelesado. Era evidente que
aquella historia era su favorita, le brillaban los ojos a medida que había ido contándola.

-Algún día sabréis cual es el camino que debéis seguir –le dijo la chica-. Igual que Veneno de
Dragón lo descubrió.

Pero Kyran ya lo sabía, lo supo desde el instante en que ella había acabado de narrar aquella
historia. No tenía sentido seguir atormentado por un pasado mientras ella estuviera con él. La
ayudaría a sobrevivir, a fortalecerse y, algún día, la llevaría de vuelta a casa para que reclamara
lo que era suyo. Ella era su Fuego, debía devolverla a su hogar. Aunque aquello significara
tener que separarse después.

No tenían mucho más que decir, el viaje los había dejado exhaustos y ambos querían
descansar. Cada noche que pasaban era más fría que la anterior, por lo que llevaban un par de
noches durmiendo uno al lado del otro. Mina se tumbó junto al fuego y se durmió enseguida,
Kyran observó como su pecho subía y bajaba al ritmo de su lenta respiración. Sonrió para sí y
se tumbó a su lado, cubriéndolos a ambos con su propia manta, a pesar de que Mina ya tenía
la suya.

Los separaban apenas unos centímetros, sus cuerpos no se tocaban, pero Kyran sentía el calor
de la chica que dormía junto a él. Cerró los ojos y se permitió dormir fantaseando al lado de su
propio Fuego.


Aquí podéis continuar leyendo el capítulo 9 de Invierno

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