jueves, 18 de octubre de 2012

Invierno: Capítulo 9

Hugo


Ya habían pasado tres días sin que hubiese aparecido el niño perdido en el bosque. Lord Alfred
estaba histérico y había insistido en mantener al pequeño Walden dentro del castillo en todo
momento. El muchacho no había puesto demasiadas pegas y se pasaba la mayor parte del
día en su habitación con el maestre Grandall, un viejo de largos cabellos blancos y de afable
humor que normalmente consentía mucho al pequeño señor. Sin embargo Hugo iba al bosque
temprano por la mañana y cada vez que volvía para informar con las manos vacías, volvían a
enviarlo allí hasta que caía el sol.
Nadie se adentraba más de lo necesario. Todos tenían miedo. La zona donde Hugo había
encontrado a Walden no estaba muy lejos de las murallas, por lo que la desaparición del otro
niño les resultaba más inquietante y los hombres bajo su mando comenzaban a decir que el
bosque estaba maldito, que había tratado de llevarse a Walden también. Hugo no creía en
encantamientos, pero estaba de acuerdo en que algo raro pasaba.

Walden, no obstante, no daba muestras de estar asustado o inquieto. Cuando Hugo lo veía
estaba siempre sonriente, como si hubiese superado una especie de reto. Su comportamiento
había cambiado, Hugo incluso estaba seguro de que el niño estaba más pálido, pero nadie
más parecía percatarse de ello. El asunto no le gustaba nada, se dijo a sí mismo que tenía que
andarse con cuidado.

Era la cuarta vez aquel día que regresaba del bosque para informar directamente a su señor,
como él había querido. Los aposentos de lord Alfred ofrecían una cálida acogida para aquellos
que entraban, aislándolos de golpe del frío exterior. El viejo señor estaba sentado en su sillón
frente al fuego, como pasaba la mayor parte del día, cuando lo recibió. Él también estaba más
blanco, pero era un blanco ceniciento, grisáceo, una palidez distinta a la de su hijo. Hugo se
preguntaba cuándo llegaría finalmente su hora.

-No hay ni rastro del muchacho, mi señor –notificó el joven a lord Alfred.

El viejo se hundió un poco más en su sillón, rendido completamente. A Hugo le pareció que
estaba más viejo todavía.

-Podéis dejar de buscar –susurró, sumido en la somnolencia que le proporcionaban las
pequeñas dosis de leche de la amapola que le suministraba el maestre Grandall-. No
aparecerá, igual que mi sobrino.

-Lo notificaré a los hombres enseguida, mi señor –respondió Hugo dispuesto a salir ya de la
habitación.

-Muchacho –lord Alfred lo retuvo un poco más-, que mi hijo no vuelva al bosque. Quiero que
tenga a un guardia con él cada minuto del día –pese a su apatía y estando allí hundido en el
sillón, su voz denotaba la energía y firmeza propias de un señor, y eso Hugo lo detestaba con
toda su alma, él sólo tenía un señor, y sería Mina-. Pon guardias en las puertas del sur y manda
patrullas de exploradores que nos informen cada día. Quiero saber qué se esconde en ese
bosque.

-Pero señor, tal vez el niño solo se haya perdido… -comenzó a decir Hugo.

-Lo mismo dijeron de mi sobrino, y nunca lo encontraron –lo interrumpió el otro-. Y no son los
únicos casos, el pueblo lo sabe.

Hugo también lo sabía. Las veces que había pasado a caballo por el pueblo muchos de los
aldeanos le suplicaban que fuese al bosque a encontrar a un hermano, un hijo o un esposo que
se había adentrado en busca de caza y que no había regresado. Era como si el bosque se los
hubiese tragado.

-Ningún hombre irá solo –prosiguió su señor-. Y quiero que exploren zonas distintas cada día,
pero sin perder de vista el sur.

-Como ordenéis, mi señor –Hugo hizo una inclinación y salió de la habitación.

Ya lo creía que no iba a perder de vista el sur. Hugo vigilaba en aquella dirección
constantemente en espera de aquella que debía regresar algún día. Observó a los hombres
entrenar en el patio de armas desde una de las ventanas sin observarlos realmente. Se llevó
una mano a sus alborotados rizos castaños mientras meditaba sobre cuál sería la forma más
discreta de salir con una patrulla para ir al sur y no volver hasta haberla encontrado a ella.
Tendrían que ser hombres leales a su antiguo señor, no al nuevo, y aquello era difícil de
encontrar en aquel castillo. No, no podía confiar en nadie. Hugo siempre había sabido que
estaba solo.

No podría salir mientras lord Alfred viviese. El anciano requería su presencia a diario. Y
seguramente también le sería difícil salir de allí cuando muriese. Seguía pensando mientras
el sonido de las espadas inundaba por completo el patio, las risas de los hombres flotaban en
el aire y la luz de la media tarde le acariciaba con suavidad el rostro. Una idea le rondaba la
cabeza, una que no era del todo descabellada.

Atravesó nuevamente el frío pasillo de piedra de vuelta a la estancia de lord Alfred. Tras pedir
permiso para entrar y el correspondiente saludo. Hugo puso en marcha su plan.

-Lamento importunaros de nuevo, mi señor –comenzó-. Pero el pueblo está inquieto. Se
quejan de que la vigilancia ha sido escasa estos días con las patrullas. Si tenéis intención de
seguir explorando el bosque, nos hacen falta más hombres.

-Hombres que no tenemos –lo interrumpió lord Alfred.

-Hombres que podríamos solicitar.

El viejo señor se revolvió en el sillón para poder mirar la cara del joven. Lo escrutó con aquellos
ojos norteños de arriba abajo, por fuera y por dentro. Hugo reprimió sus emociones, algo en lo
que ya era experto. Confiaba en que aquella idea funcionase.

-Dices que el pueblo está inquieto –dijo el anciano-. ¿Cómo de inquieto?

-Ahora que tenéis a la mayoría de los hombres en los bosques, los ladrones y las putas campan
a sus anchas por las calles, mi señor. Los granjeros se quejan, las madres que quieren proteger
a sus hijos también lo hacen.

-Entiendo –lord Alfred cerró los ojos con gesto cansado-. Enviaremos un cuervo a Invernalia.

-¿Y cómo le explicaréis al señor que tenéis a todos vuestros hombres metidos en un bosque?
–preguntó el joven, sabiendo que finalmente había picado-. Cuando lea la explicación del
cuervo, os tomará por loco y no os enviará nada.

-¿Y qué propones tú entonces, chico? –dijo el lord con impaciencia.

-Dejad que vaya yo –dijo Hugo-. Entregadme un mensaje, y si no lo cree estaré yo para que lo
haga. He estado en ese bosque, mi señor, sé muy bien qué decirle.

Y tanto que sabía qué decirle al señor de Invernalia sobre aquel bosque frío y salvaje.

Lord Alfred pareció pensarlo profundamente durante unos minutos. Finalmente murmuró
una aprobación de mala gana con una carta escrita por el maestre Grandall y dejó que Hugo
se marchase, diciéndole que debería partir en dos días como muy tarde, pero que iría solo, no
podía permitirse prescindir de más hombres.

Cuando salió de la habitación y fue en dirección a los establos para que el mozo le tuviese listo
un caballo para el día siguiente, Hugo se vio forzado a reprimir una sonrisa. Ya había avanzado
un paso más en su búsqueda. Observó cómo poco a poco iban moviéndose las piezas de su
propio juego.

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